La búsqueda de alternativas energéticas

La búsqueda de alternativas energéticas

5.1 Alternativas no sostenibles A medida de que se profundiza la crisis del petróleo, se intensifican las presiones y las decisiones políticas tendentes a mantener el modelo energético actual en base al secuestro del CO2 y a la sustitución paulatina del petróleo por algunas energéticas alternativas que se mantenían en estado latente (energía nuclear) o poco desarrolladas (biocombustibles). Biocombustibles El 90% de la energía consumida por el transporte procede del petróleo, siendo la carretera responsable del 95% del total. Con el encarecimiento del petróleo asistimos a la proliferación de políticas estatales de fuerte apoyo a la sustitución de gasolinas por biocombustibles. Los biocombustibles suponen ya el 2% de los combustibles de automoción a escala mundial. En Brasil aportan el 40% (por ley todas las gasolinas deben llevar un mínimo un 20% de bioetanol) y EE.UU. está incrementando fuertemente la producción, estando a punto de producir tanto como Brasil. Las técnicas disponibles permiten obtener bioetanol (sustituto de la gasolina) y biodiesel (alternativa al diesel). El bioetanol se obtiene de plantas ricas en almidón o azúcar (cereales, caña de azúcar, remolacha azucarera, etc.) por fermentación. En Brasil se vende gasolina con un 25% de etanol y en EE.UU., China, Australia y Canadá la proporción oscila entre el 10 y 20%. El biodiesel se obtiene de la soja, colza y girasol. Aporta el 5% a la mezcla en vehículos convencionales, pero en vehículos de recorrido fijo, como autobuses, el porcentaje puede llegar hasta el 30%. Los motores preparados para el biodiesel lo utilizan puro. En Malasia están produciendo bioetanol y biodiesel a partir de aceite de palma. Se está creando un importante mercado internacional de biocombustibles, con Brasil y Malasia como principales exportadores. La UE ha puesto el objetivo de que los biocombustibles alcancen el 5,75% del total en 2010 y la nueva ley de energía de EE.UU. el 10% para 2009. Los biocombustibles suelen estar tan subvencionados que resultan más baratos que los clásicos. En EE.UU. el etanol se vende entre la mitad y un tercio de la gasolina. También los biocombustibles son más baratos en GB y Alemania (un 20% en éste país). A estos incentivos se ha unido el tecnológico. Desde que Volkswagen puso en el mercado un “coche flexible” (flex car) se ha producido una explosión de ventas, lo cual ha llevado a que muchos fabricantes los produzcan. Son vehículos con sensores que adaptan el motor a cualquier proporción de biocombustible, incluso al 100%. Más del 70% de los coches que se venden en Brasil son flexibles. En Alemania el 60% de los camiones utilizan sólo biodiesel. Este mercado crecería mucho más rápidamente, si se produjeran más biocombustibles y se multiplicaran los puntos de venta (Comisión Europea, 2004a; Boles y Orange, 2005; AIE, 2006: 12). Sin embargo, el uso masivo de biocombustibles se enfrenta a grandes problemas de disponibilidad de tierra, de balance energético y éticos. Gráfico 13 Producción mundial de etanol y biodiesel (1980-2005) Fuente: Lester, R. Brown (2006: 31) Es enorme la superficie de tierra cultivable necesaria para producir biocombustibles en grandes cantidades. Un informe de la Comisión Europea declara que el factor principal que limita la disponibilidad de materia prima para producir biocombustibles es la “absoluta disponibilidad de tierra” (Kavalov, 2004: 3). La máxima productividad por hectárea se obtiene en los cultivos para producir bioetanol y, sobre todo, de la remolacha azucarera (y de la caña de azúcar y del aceite de palma en países tropicales). Si sólo se produjera bioetanol la superficie agrícola teóricamente necesaria para alcanzar el objetivo comunitario sería el 7-9% del total. Pero si se pretende alcanzarlo produciendo bioetanol y biodiesel al 50%, sería necesario utilizar un 16-19% del total. Además, es necesario rotar estos cultivos cada 4-5 años, lo que supone utilizar plantas de rendimiento más bajo. El que la UE tenga un 5% de tierras ociosas no cambia sustancialmente el problema, sobre todo, si tenemos en cuenta que la UE pierde al año el 0,7% de su tierra agrícola. David Pimentel estima que sustituir en EE.UU. la gasolina por etanol procedente de maíz necesitaría el 97% de la tierra agrícola. En GB utilizar el trigo cosechado para producir etanol, sólo satisfaría el 20% de la demanda (Comisión Europea, 2004a; Kavalov, 2004: 6 y ss.; Boles y Orange: 2005). Por todo ello, la profundización de la política de producción de biocombustibles requiere una masiva reducción de los cultivos alimentarios, lo cual pone en peligro la capacidad de autoabastecimiento de las sociedades excedentarias y, por supuesto, atender a las necesidades de los países deficitarios (que son la mayoría). Los precios del azúcar han crecido en 2005 de 270$ a 400$ la tonelada. Se espera que pronto más de la mitad de la caña de azúcar se dedique a producir etanol. La reducción de la producción de alimentos por el cambio climático, la escasez de agua, la pérdida de tierra y el crecimiento de la población mundial dan más fuerza a este argumento. Hay casos en los que la extensión de los cultivos energéticos se hace a costa de los bosques. La organización “Amigos de la Tierra” atribuye el 87% de la deforestación en Malasia a este hecho (Monbiot, 2005). En cualquier caso, quemar alimentos constituye una falta de ética. El tercer factor es el balance energético. La agricultura industrial consume mucha energía (en la producción de abonos, de pesticidas, de maquinaria, en el uso de la misma, etc.) y la obtención industrial de biocumbustibles genera un consumo energético aún mayor. La gran mayoría de los numerosos estudios realizados en las últimas décadas concluyen en que el balance energético es negativo, es decir, se consume más energía que la que se crea. Por el contrario, algunos estudios realizados para el DoE afirman que el balance es positivo. Los otros autores critican que éstos no contabilizan todo el consumo energético. Pero, incluso en el caso de fueran correctas las estimaciones más optimistas, la energía obtenida sería un poco superior a la gastada y sería mucho más eficiente subvencionar el ahorro. Un estudio realizado para el gobierno británico muestra que se consigue la misma reducción de emisiones de CO2 de forma más barata mediante diversas políticas de ahorro energético que con los biocombustibles (GIFNFC, 2003: 38; Pimentel y Patzek, 2005). Input kcal/kg Output kcal/kg Balance energético kcal/kg Input/output Maiz 2.452 1.907 -545 29% Mijo perenne 2.982 2.052 -930 45% Celulosa 3.224 2.052 -1.172 57% Soja 2.138 1.980 -158 8% Girasol 5.000 2.296 -2.704 118% Fuente: Elaboración de I. Arto a partir de Pimentel y Patzek 2005 Los biocombustibles podrían ser una aportación importante, pero nunca decisiva, si se cumplieran tres premisas: ser producidos a partir de cultivos ecológicos (reducen fuertemente el consumo energético); utilizar principalmente tierras marginales y residuos agrícolas; y desarrollar tecnologías que mejoren mucho la eficiencia energética de los procesos de obtención de biocombustibles y que sean capaces de obtener de forma rentable biocombustibles de la celulosa (lo cual permitiría utilizar toda la planta y residuos). La empresa canadiense Iogen pretende comercializar biocombustibles de la celulosa para 2007 con el apoyo de Shell (Boles y Orange, 2005). Secuestro de CO2 Asistimos a una fuerte presión para que los gobiernos apoyen decididamente las tecnologías de secuestro del CO2, especialmente en el caso del carbón. Esta tecnología no resuelve el problema de agotamiento de los combustibles fósiles. Además, hay que encontrar un almacenamiento seguro para los 25.000 millones de metros cúbicos de CO2 que se producen anualmente. La seguridad supone garantizar que no se producirán escapes. Un ratio de 1% pérdida anual, dejaría vacíos los depósitos en 100 años. Algunos expertos consideran que para 2020 se tendrá la tecnología competitiva para secuestrar el CO2 de las plantas de producción eléctrica, pero nadie ha demostrado que es posible el almacenamiento seguro a gran escala. De momento sólo hay unos pocos casos de plantas eléctricas que lo están inyectando en cercanos yacimientos agotados. Por último, resulta imposible capturar el CO2 de los pequeños focos de combustión (Lewis y otros, 2005: 9; Auer, 2004: 16). Nuclear (fusión y fisión) Una vez acabada la SGM el gobierno de EE.UU. lanzó la campaña de Átomos para la paz, en un intento de borrar su mala imagen por las bombas atómicas utilizadas sobre Japón. Según el presidente Einsenhower, en su famoso discurso de 1953 ante Naciones Unidas, cuyo título era el lema citado, su país de dedicaría “en cuerpo y alma a encontrar la fórmula por la cual la maravillosa inventiva humana no se dirija a la muerte, sino que se consagre a la vida”. En 1954 el presidente de la Comisión Nuclear de EE.UU. afirmó que no podía descartarse que la electricidad nuclear “fuera tan barata que no mereciera la pena facturarla” (Coderch, 2005). Sin embargo, los resultados no han sido nada brillantes. Las causas son múltiples: costes, seguridad, contaminación, residuos, proliferación de armas nucleares, éticos, etc. A pesar de ello, estamos asistiendo a una fuerte campaña mediática a favor de ella, con los argumentos de que evita el cambio climático y de que es una fuente segura y necesaria para un escenario futuro de escasez de petróleo. Al analizar los problemas citados que genera la energía nuclear, veremos que no es la respuesta adecuada a la crisis de los combustibles fósiles líquidos y gaseosos. El argumento principal a favor es que son “limpias”, porque no emiten CO2. Aunque una central nuclear emite poco CO2, se generan importantes cantidades en la cadena de producto: minería, transporte, enriquecimiento, fabricación de barras de uranio enriquecido, plantas de reprocesamiento de residuos, almacenamiento y construcción y desmantelamiento de reactores. Un estudio de la universidad de Groningen (Países Bajos) calcula que emiten un tercio del CO2 generado por una central de ciclo combinado de similar potencia cuando el mineral de uranio es de la más alta calidad. Cuando es de baja calidad emiten la misma cantidad (McCarthy, 2005). Por otra parte, no es una tecnología segura. En 1979 el reactor de la central de la “Isla de las Tres Millas”, en Harrisburg (EE.UU.), estuvo a punto de que se le fundiera el núcleo (la burbuja de hidrógeno que impedía su refrigeración se disolvió, sin saberse la razón). En el incidente se produjo tal contaminación que la central fue clausurada. En 1986 se produjo el accidente de Chernobil. En 2002 instalaciones nucleares de la Compañía Eléctrica de Tokio tuvieron graves emisiones radioactivas, lo cual dio lugar al descubrimiento del sistemático encubrimiento de fallos de seguridad y al consiguiente cierre de 17 reactores nucleares durante dos años. Este comportamiento se ha venido dando en la mayoría de los países. Los ataques del 11 de setiembre demostraron lo vulnerables que son los reactores a los ataques terroristas. Un informe reciente de la Academia de Ciencias de EE.UU. afirma que las piscinas en las que se albergan los residuos radioactivos, a la espera de un destino definitivo, son extremadamente vulnerables a un atentado (www.economist.com). Esto nos lleva a otro gran problema: el del almacenamiento de los residuos. Décadas de enormes gastos para lograr su almacenamiento seguro a gran profundidad en macizos rocosos, no han dado resultado. Y aunque se afirmara que sí, nadie puede asegurar que la radioactividad no se filtrará durante el medio millón de años que dura la del plutonio. EE.UU. lleva más de 15 años intentando, sin éxito, construir un almacén nuclear en la montaña Yuca del desierto de Nevada. Recientemente una comisión del Congreso descubrió que se habían ocultado que pruebas de contaminación radioactiva realizadas habían resultado positivas, lo cual descalifica el proyecto (Caldicott, 2005). En ningún país industrializado se permite la construcción de una industria sin que exista un plan de tratamiento de residuos peligrosos, excepto en el caso de la energía nuclear. Pero, incluso en el caso de que se encontrara una solución relativamente razonable, es éticamente perverso que un par de generaciones se aprovechen de este recurso y dejen a las generaciones futuras los residuos. Se considera que todos los yacimientos de uranio importantes han sido localizados y que las reservas existentes son más limitadas que las del petróleo. Dos son sus límites: los costes de extracción y el balance energético. Diversos estudios afirman que al extraer uranio en minas de roca dura con una proporción de uranio inferior a 200 partes por millón y de roca blanda con riqueza inferior a 100 partes por millón (proporciones que se considera que se alcanzarán muy pronto, si se relanza la energía nuclear) el balance energético se vuelve negativo (Coderch, 2005; Fleming, 2005). Es decir, se consume más energía que la que se obtiene. Otro límite es que no hay uranio rentable suficiente para permitir un importante desarrollo de la energía nuclear. En este momento están activas unas 440 centrales nucleares. Si se construyeran 1500 de 1000 Mw, durante 50 años de funcionamiento consumirían 15 millones de toneladas de uranio. Sin embargo, el Libro Rojo de la Agencia de la Energía Nuclear de la OCDE considera que con un precio de 80$/Kg sólo se podrían extraer 3 millones y otros 4 millones a un coste de 130$/Kg. Este coste se considera el máximo tolerable. Pero, aunque fuera posible que los 1500 reactores pudieran funcionar, la aportación de la energía nuclear al consumo mundial seguiría siendo marginal. Un estudio del Massachussets Institute of Technology (MIT) estima que si se alcanza el objetivo para 2050, la aportación al consumo eléctrico planetario aumentaría desde el 16-17% actual al 19% (Coderch, 2005). En cuanto a la rentabilidad de la inversión en energía nuclear, numerosos estudios y la evidencia empírica demuestran que no lo es, incluso sin tener en cuenta los altos costes sanitarios (no existe ningún umbral de radioactividad seguro), los costes ahorrados por incumplimiento de las normas sobre niveles de radioactividad, los costes de seguridad frente a atentados terroristas, los costes de seguridad de los almacenamientos permanentes, los costes ambientales, los costes de intentar evitar la proliferación de armas nucleares, etc. Existen multitud de informes que lo atestiguan. Los más recientes son uno del MIT y otro de la Universidad de Chicago y afirman que sin fuertes subsidios ningún inversor privado se decidirá a construirlas (Coderch, 2005). En contra se pone el ejemplo de la central finlandesa en construcción, que supuestamente está financiada por inversores privados. Pero el consorcio que la promueve está formado por una compañía estatal, por municipios y por papeleras, que son los consumidores futuros, con contratos de suministro a beneficio cero. El presupuesto es de 3.000 millones de dólares, cuando se estima que normalmente cuestan 2.000 millones. Esto no es una transacción mercantil. La planta va a ser construida por Areva, sociedad estatal francesa (www.economist.com). Pero los subsidios son ya muy elevados. La energía nuclear ha captado el 70% de los fondos destinados a I+D en energía por parte de los países de la OCDE en las últimas décadas. Ninguna compañía de seguros quiere asegurar una planta nuclear, por lo que los Estados asumen la mayor parte de los riesgos. En EE.UU. se estima que los costes del mayor de los accidentes superan el medio billón de dólares y por ley las compañías no deben asumir más de 7.700 millones. Se estima que los costes sanitarios provocados sólo en Ucrania hasta ahora superan los 55.000 millones de dólares. Algunos Estados exigen que la empresa ingrese una cantidad (en España es 0,2 euros por Kw.h) en un fondo destinado a sufragar los gastos de almacenamiento permanente de los residuos, se puede asegurar que tal fondo será insuficiente al continuar por décadas los estudios, sin resultado. El dato más revelador es que ningún inversor privado quiere arriesgar su dinero en un reactor nuclear. En EE.UU. está permitido construir centrales nucleares, pero la última central construida obtuvo la licencia en 1973 y desde 1979 (año del accidente de Harrisburg) ninguna compañía ha pedido un permiso. Las cuantiosas subvenciones a la energía nuclear que se contemplan en la ley de energía aprobada en 2005 han sido consideradas insuficientes por los inversores. Francia es el país más nuclear del mundo (esta energía produce un 70% de la electricidad.) y siempre se le ha considerado un ejemplo. Pero la compañía estatal francesa EDF no es una compañía rentable. Uno de los métodos que utiliza para maquillar los resultados es contabilizar como ingresos fondos destinados al desmantelamiento de reactores y a almacenar los residuos. La compañía que asumió las centrales nucleares de GB (British Energy) va de una quiebra en otra, de las que sale mediante donaciones gubernamentales. El anterior Comisario de la Competencia de la UE decidió adoptar acciones legales contra la industria nuclear por competencia desleal (Saint Aroman y Crouzet, 2005: 116 y ss.; Caldicott, 2005). En resumen. El Wall Street Journal considera que constituye el mayor fracaso tecnológico de la historia de la humanidad. La agencia de certificación Standard & Poor´s declaraba recientemente que “el legado de costes crecientes, de problemas tecnológicos, la pesada supervisión política y regulatoria y los nuevos riesgos que representa la competencia y el terrorismo, constituyen un riesgo muy difícil de asumir, a pesar de las ayudas gubernamentales” (www.economist.com). La AIE prevé que entre 2002 y 2030 la producción nuclear se incremente en un 5% y teniendo en cuenta el fuerte incremento del consumo previsto por esta agencia, resulta que en 2030 la cuota de mercado de la energía nuclear caerá al 9% (Coderch, 2005). El desarrollo de un reactor nuclear de fisión viene centrando gran parte de los fondos para I+D en energía desde hace 50 años de los países que han intentado (URSS, Francia, EE.UU., Alemania, GB y China) probar su viabilidad técnica construyendo pequeños reactores. Todos han desistido, después de haber invertido muchos miles de millones de euros. Ahora se plantea una alianza internacional para llevar adelante el proyecto ITER, cuyo objetivo, una vez más, es demostrar la viabilidad técnica. Se estima que se invertirán 5.000 millones de euros en los próximos 10 años. En realidad es, sobre todo, un proyecto europeo porque la UE aportará el 50% del presupuesto (del que diez puntos corresponden a Francia, país sede del reactor) y el resto de los países (Rusia, EE.UU., Japón, China y Corea del Sur) pondrán un 10% cada uno. Pero, incluso si este proyecto fuera exitoso, “no es probable que esté disponible antes de mediado de siglo” (Auer, 2005: 18; McKillop, 2005c). Si estos fondos se hubieran invertido en promoción de la eficiencia energética y en captación de energías renovables, ahora estaríamos entrando en una economía solar. Por último, las energías nucleares tienen tres problemas adicionales: tiempo para desarrollarse, proliferación de armas nucleares y exclusión por motivos financieros de cualquier otra opción, por la enorme inversión que requieren. Frente al inminente techo del petróleo, el tiempo de repuesta es un factor decisivo. Aún en el caso (poco probable) de que se demuestre la viabilidad técnica y después la comercial de los reactores de fusión, esto no ocurrirá antes de unos 40 años. Se necesitan bastante más de 10 años desde que se decide construir hasta la terminación de los reactores de fisión, de los que más de 6 años son para la construcción del reactor, y este periodo se alarga si, como es frecuente, el proyecto encuentra una fuerte oposición ciudadana. Las armas nucleares están inextricablemente unidas a los reactores nucleares. Las bombas atómicas a los reactores de fisión y las de hidrógeno a la tecnología de los reactores de fusión.